EL CAUDILLADO DE

EL CAUDILLADO DE

NICARAGUA

Y LA REPÚBLICA

INCIPIENTE

 

2004

Por un Republicano Incipiente

 

 

 

 

 

Nota bene

 

 

 

Quandoque populus vult decipit, decipiatur. (Mientras el pueblo quiera ser engañado, lo será.)

Cardinal Carafa, de la Inquisición Española.

 

Creo que el honor más grande que los hombres pueden recibir es el que les es voluntariamente otorgado por su patria, y creo que el mayor bien que puede hacerse, y el de mayor beneplácito ante Dios, es el que se hace por la patria. Además, ningún hombre ha sido tan exaltado en sus actos como aquellos que han reformado Reinos y Repúblicas con leyes e instituciones nuevas. Fuera de los Dioses, estos son los que mayores alabanzas han recibido. Y como han sido tan pocos los que han tenido la oportunidad de hacerlo, y aun menos los que han sabido cómo hacerlo, pocos son los que lo han hecho; y tal Gloria ha sido tenida en tal estima por hombres que solo gloria han conocido que, imposibilitados de realizar una República, la han manifestado en sus escritos. Pues tanto Aristóteles como Platón y muchos otros han querido mostrar al Mundo que si bien no pudieron fundar una República, tal Solón o Licurgo, no fallaron en su empeño por ignorancia, sino tan solo por falta de poder para ejecutarlo.

Maquiavelo

La democracia perece debido a dos excesos: la aristocracia de los que gobiernan, o el desprecio del pueblo hacia las autoridades que él mismo ha establecido, desprecio que incita cada facción y cada individuo a intentar apoderarse del poder público, arrastrando el pueblo, por el exceso de desorden, al aniquilamiento, o al poder de uno solo.

Robespierre, 1794

 

Quiere el autor mostrar en este escrito, brevemente pero en el estilo clásico de la demostración renacentista, que hasta la fecha Nicaragua no ha sido una república, ni en el sentido antiguo de la Serenísima República de Venecia, ni en el moderno de la burocrática pero relativamente estable Costa Rica vecina, sino lo que he dado en llamar un caudillado, (para distinguirlo de "caudillaje", que describe más bien una siempre posible situación histórica ()), forma de gobierno cuyo pariente más cercano es el antiguo principado, y particularmente el que floreciera en la Italia renacentista del 600, y que la comprensión de los males consuetudinarios que la aquejan es más cabal en este contexto. Considera el autor por lo demás a la historia presente como un primer ensayo o el comienzo, aún tímido, de transición de este tipo y formación de estado y de cultura hacía el de la república, tan considerablemente distinto. Nicaragua es, en ese sentido, una república incipiente. Como señalara Marx en su tiempo, la observación verifica que ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más altas formas sociales antes de que las condiciones para su existencia hayan madurado en el seno de la sociedad precedente. Y por eso, concluye, "la humanidad únicamente se propone los objetivos que puede alcanzar. "

Dedico este esfuerzo a la generación contemporánea de Nicaragua, a la juventud aún capaz de proponerse y alcanzar el glorioso objetivo de liberar de una vez para siempre a nuestro pobre y atribulado país de la barbarie que todavía reina en su seno.

 

 

Índice

 

 

I. De la diferencia entre el caudillado moderno y la república

II. Nicaragua nunca ha sido una república

III. De cómo y por qué fracasaron los intentos anteriores de República

IV. De cómo la falta del hábito de vivir en libertad fue la nodriza del caudillado nicaragüense

De por qué la barbarie caudillesca fue inevitable

De por qué el sandinismo fue la continuación del caudillado por otros medios

De cómo el hábito del caudillismo sabotea el anhelo democrático

De las dificultades que enfrenta la república incipiente

De por qué es necesaria la república

Exhortación a retomar Nicaragua y a liberarla de la barbarie

Anexo 1: Lista de traidores

 

 

I. De la diferencia entre el caudillado moderno y la república

"Su nombre, debido a que el gobierno no depende de unos pocos sino de la mayoría, es democracia." Pericles, citado por Tucídides en su Historia de la Guerra del Peloponeso.

En una república la cosa (res) es pública, asunto de todos, y las consideraciones que cada quien ejerce para el otro tienen por objetivo el aumento del bienestar general y la salvaguardia de las libertades individuales y públicas. En un caudillado la cosa gira en torno a los intereses particulares del caudillo, y las consideraciones que éste puede mostrar en favor de la nación o de sus allegados, tienen por objetivo último y exclusivo la consolidación y perpetuación de su poder.

En una república la experiencia común se asume como pólis, y la política se reconoce en la idea de la libertad de todos, aún cuando concretamente esta última pueda aparecer escasa o diversamente maniatada. En el caudillado solo es válida la experiencia del legibus solus, (el legislador solitario) y la única libertad reconocida es la del caudillo ejerciéndose soberanamente sobre sus súbditos. En la república, lo sean o no, todos son considerados libres; en el caudillado solo uno es libre.

Se ha dicho con mucho acierto que la política es "el arte de lo posible", o sea el modo y los medios de dirimir con la contingencia, con el fárrago incontenible de lo que sucede, la suerte, fortuna o destino que nos ha tocado vivir. Pero no es contradictorio –aunque menos cínico-- considerarla además como la participación voluntaria del ciudadano en la vida cotidiana de su pólis. En una república esta participación se vuelve la raison d’être de cada ciudadano. Alentarla al más alto nivel y asentarla en el corazón mismo del pueblo es de importancia capital, pues no es posible sin ella presentarle un frente común a los desplantes de la fortuna. En un caudillado solo algunos y, en casos extremos, napoleónicos, solo uno enfrenta la aventura del destino histórico. Y la participación del ciudadano es nada más reconocida como contribución al engrandecimiento, a la seguridad personal o al prestigio del caudillo. En la república se legitima la lucha común de la ciudadanía contra la endiablada fortuna, y a esto se le llama política, y también historia. En un caudillado, el caudillo es el paladín supremo que adquiere fama de ser un gran hombre político, ser histórico, por su habilidad pre-determinada para desafiar los terrores de la fortuna.

Mientras el caudillado festeja --sacándole brillo-- la unicidad de su líder y al mismo tiempo cubre de oscuridad una sociedad civil sobrante o sirviente --según el consabido principio de la supremacía monárquica: l’état, c’est moi-- la república se celebra a sí misma, irradiando su ineludible sociabilidad y arrebujando en su seno a todo lo abarcable, de acuerdo con la divisa opuesta, hecha famosa durante el renacimiento: nada si es humano nos es ajeno ().

En última instancia el caudillado es a la república lo que suponemos el homo neandertalensis fue al homo sapiens sapiens: el último y violento estertor de una especie (política en el caso del caudillado) a punto de perecer para dar a luz a lo nuevo, la matriz o saco amniótico que se descarta después del parto, el ensayo de ser que no resultó, y sobre cuyos despojos alza su inocente cabeza la futura, infante esperanza.

 

 

II. Nicaragua nunca ha sido una república

Afirmo que Nicaragua nunca ha sido una república, pese a que bajo tal denominación se la conozca desde su separación de la Federación Centroamericana, y pese a los fabulosos Treinta Años. Afirmo por otra parte que Nicaragua, hasta el gobierno de Arnoldo Alemán incluso, ha sido un caudillado. Esta forma específicamente latinoamericana de gobierno no es esencialmente distinta al antiguo principado, magistralmente descrito por Maquiavelo en el siglo XVII. Como el príncipe en aquel, el caudillo en éste irrumpe de manera abrupta, criatura bastarda de la oportunidad histórica y el carisma individual, afirmando su carácter ineluctable en situaciones por lo general decaídas o fragmentadas más allá de las instituciones y estamentos hasta entonces prevalecientes. Una vez "montado en la burra", el propietario del caudillado lo conducirá, como el príncipe su principado, hasta donde le alcance la energía, logre protegerse de sus enemigos o le aguante la población. En cuanto a su origen específico, al igual que su cuñado histórico, el caudillado puede ser ya hereditario, como el que Anastasio "Tachito" Somoza recibiera de su padre, o nuevo, tal el último establecido en fecha, por Arnoldo Alemán. Puede haber sido ganado mediante una oportuna combinación de fuerza, astucia y traición, tal el del auto proclamado último caudillo, Emiliano Chamorro; o ser más bien un resultado de la simple fortuna: la coyuntura histórica prestándose ciegamente a una resolución afortunada a favor del contendiente más visible y menos comprometido con los gobernantes inmediatamente precedentes -- los cuales se habían vuelto sinónimos, en la conciencia de la población, a todos los males recién padecidos. Este fue el caso de Alemán. Pero independientemente de su origen, si consideramos cuidadosamente la historia de Nicaragua, con muy cortas excepciones, puede decirse que la nación siempre ha vivido y dirimido sus asuntos bajo la seudo paternal presencia del cabecilla de turno.

Ahora bien, si por una parte implicamos la similitud histórica entre principado y caudillado, por la otra conviene también distinguir claramente el carácter y el sentido históricos de los seres llamados por la fortuna a dirigir estas dos formas de gobierno. Se verá que tanto en sustancia como en resultado son criaturas de dioses muy diversos, sino necesariamente antagonistas.

 

De la diferencia entre el príncipe y el caudillo

Los caudillos latinoamericanos son padrinos de los hijos de sus dominados. Eso fue típico de Emiliano Chamorro, Anastasio Somoza García, y de nuestros políticos en general. Sergio Ramírez

 

Príncipe y caudillo poseen el entendimiento realista de que todos los medios son buenos, si evitan un fin peor, lo que me permite inferir que el uno no difiere del otro en lo tocante al fin, que es de conservar el poder, cueste lo que cueste, pero sí en su origen, formación y estilo. El príncipe, como el nombre mismo indica, es generalmente de noble abolengo o rica estirpe (caso de Borgia, noble o de Medici, patricio e hijo de banqueros), o si es de origen social menesteroso viene recomendado o patrocinado por el partido de los nobles o de los ricos (caso de "El Moro" Sforza, descendiente de un mercenario famoso sobretodo por su capacidad de doblar gruesos hierros). El caudillo (del latín capitellum, pequeña cabeza o cabecilla), en contraste, aunque consistente con las jerarquías raciales preexistentes en el territorio, sale en general del terruño, o sea, de la nada social del agro, del pequeño campesinado o de la incipiente burguesía poblana. Es un advenedizo brillante y aventurero que se luce por sus dotes de estratega militar, por su "lengua" y por su valor en el combate. A diferencia del príncipe, que aparece como un elemento casi natural o continuación orgánica del mundo monárquico precedente, el caudillo brota en América, un mundo extraño y único, un mondo nuovo a caballo entre la modernidad política (pues existen ya de por el mundo, múltiples y muy avisadas democracias) y las antiguas formaciones medievales, de corte monárquico y religiosamente legitimizadas. El poder del caudillo, el cual no admite que "le hagan sombra", lejos de ampararse en justificaciones espirituales, estriba más bien en su capacidad casi mágica --camaleónica y metamórfica—de líder natural, que al mismo tiempo salvaguarda el antiguo honor de la sangre (las aristocracias, que aquí eran los blancos peninsulares y sus descendientes, las élites criollas), y transmogrifica el poder, doblegándolo al nuevo e inquietante mundo moderno, que es plebeyo, democrático y con frecuencia revolucionario.

La misma guerra de independencia, en Nicaragua como a todo lo largo del recién nacido continente latinoamericano, representaba una experiencia sin precedente, una aventura sin paralelo en el pasado, reciente o antiguo. Pese a la malaventura de sus resultados políticos reales, por primera vez en nuestras historias se luchaba, no a favor o en contra de algún príncipe o rey, sino por el triunfo de la libertad (), y luchando se le daba nacimiento en estas tierras septentrionales al enaltecido concepto. El caudillo, "criatura de su entorno", en frase de John Lynch, se lanza a la palestra nacional alzando muy en alto el estandarte de "¡Muerte a los tiranos!", el cual apuntala moralmente tanto su discurso como su gesta conquistadora. En ese sentido, el caudillo goza de una legitimidad instantánea que el príncipe solo adquiere tras arduos esfuerzos por justificar moralmente su violenta toma del poder. Es importante notar también que, a diferencia del príncipe renacentista, el caudillo goza de una doble base de poder, por arriba con la aristocracia terrateniente, los grandes propietarios que lo entronizan en defensa de sus intereses, y por debajo, con las masas campesinas o poblanas esperanzadas en los beneficios posibles de sumarse a sus ejércitos o a su gobierno.

Los caudillos Nicaragua los padeció incluso desde antes de su independencia formal (1838), bajo la corona española, cuando descendientes diversos de los conquistadores ibéricos se disputaban como alacranes la gobernación y la usura del país, y a cada turno de manera más sangrienta y más venenosa para la emergente ciudadanía. Pero propiamente hablando, el primer caudillo nicaragüense fue también su primer Jefe Supremo oficial, Manuel Antonio de la Cerda Aguilar y Taborga (1825), el cual no le daría pábulo a sutileza alguna en el pleno ejercicio de su terrible caudillado, llegando a ganarse en las guerras que levantara contra su archi enemigo, Juan Argüello, el apodo de desorejador (), mientras éste último, para no desmerecer de su contrincante, adoptará el de desnarizador. El caudillado muy pronto conforma el gobierno efectivo –sino predilecto-- de un país escasamente poblado y regido por un sistema de administración de "simplicidad bíblica" (Paul Lévy). Los caudillos se seguirán uno tras otro, y a veces en alborotada precipitación (en el solo año de 1851, entre abril y noviembre, se sucedieron en Nicaragua no menos de siete gobernantes), con la aislada interrupción de la dulcísima República Conservadora, la cual con admirable arrojo logró mantenerse durante treinta años (1858-1893), solo para alumbrar a su final a un caudillo más fuerte que todos los demás puestos juntos. Y contrariamente a su abusiva auto denominación, no fue Emiliano Chamorro el último de los caudillos nicaragüenses, ya que incluso recién entrado el Siglo XXI, seguía el país sufriendo toda suerte de desmanes y abusos bajo el caudillado corrompido del kleptócrata Arnoldo Alemán. Así, tal gusano en su huésped intestinal, el caudillado se enquistó en la nación como si fuese el precio que ésta debía pagar por su falta de preparación ante una modernidad inevitable, pero todavía misteriosa y rebosante de peligros.

 

 

III. De cómo y por qué fracasaron los intentos anteriores de República

Las Constituciones de 1838, de 1858, La Libérrima… tantos intentos por alcanzar el objetivo republicano, y tantos fracasos copados por las regresiones cavernarias de los caudillados de turno, cada cual reclamándose de una constitución teóricamente fabulosa, la cual inmediatamente procedían a encorvar para seguir "montados en la burra" del poder. Los esfuerzos intelectuales por encontrar una filiación republicana anterior al presente son loables pero mal dirigidos porque en general escogen ignorar que tal filiación fue escasa (sino espuria), incluso en las mentes de los que pretendieron encarnarla. Quiero referirme, por supuesto, a la denominada República Conservadora, la de los "Treinta años", la misma que culminara –extinguiéndose-- en la "revolución liberal" protagonizada por el apoteósico Máximo Caudillo y Soldado de la Revolución, José Santos Zelaya, quien con igual entereza cultivaba el poder, el café y el progreso. Historiadores diversos estiman que este primer ensayo republicano serio fracasó porque el café no supo o no pudo desplazar los intereses del partido ganadero (léase: liberales leoneses), o porque la paz en la política iba aunada al estancamiento en la economía, o aún debido a la infame traición de Roberto Sacasa, etc. Pero la verdad es que, por una parte, y al igual que casi todas las repúblicas de aquellos tiempos, en ésta sólo los propietarios podían participar efectivamente de la cosa pública, por lo que no puede hablarse aún de república en el sentido lato sino a lo sumo, como lo resume magistralmente el historiador Arturo Cruz, de "otra máscara del ejercicio oligárquico vigente hasta entonces". Curiosamente, también, lo que a posteriori se consideraron aciertos tremendos de esta revolución acaso no fueran sino tremendos golpes de la suerte. ¿Quién iba a imaginarse, para sólo dar un ejemplo, que Fernando Guzmán resultaría tan ecuánime al ser impuesto como presidente por Martínez, cuando apenas la semana anterior a su investidura era todavía considerado un político inútil y conciliador, falto de carácter y fácil de manipular? ¿Quien hubiera dicho que el a todas luces tímido y alicaído José Vicente Cuadra (), resultaría tan extraordinario y firme administrador de estado? Finalmente, fuera del acentuado carácter rural y "perdido" de la población, escasamente puede hablarse de "cosa pública" en un conglomerado social tan diluido que apenas sumaba el 4 o 5% de la población actual (2003). Por todas estas razones, este experimento, aunque valiosísimo en términos educacionales, no pudo dejar de ser una república conservadora, en vez de ser, simplemente, una república.

No queremos restarle importancia a la Constitución del 58, a los esfuerzos bipartidistas de la coalición Conservadora, o a las extraordinarias innovaciones y primicias políticas que esta frágil alianza lograra establecer –¡o cuán efímeramente!—en la rudimentaria sociedad. Pero cabe señalar que esta importancia fue de índole sobretodo simbólica, y que su límite real fue prontamente alcanzado y rebasado por la inverecundia Sacasista. Este impudor reanudaba tanto más fácilmente con su sangriento pasado que éste no había sido en realidad borrado del territorio nacional, sino tan sólo momentánea e ilusoriamente detenido en el curso multitudinario del manantial de irredentismo surgido de esa caja de Pandora que se llamó Independencia, y que fue, como de la suya propia dijera Bolívar en 1830, "el único bien que hemos adquirido a costa de los demás".

 

 

 

IV. De cómo la falta del hábito de vivir en libertad fue la nodriza del caudillado nicaragüense

En verdad el único medio seguro de apoderarse de una ciudad acostumbrada a vivir en libertad es destruirla. Maquiavelo, El Príncipe.

El caudillado existe porque, como canta Gardel, aún cuando el músculo duerme, "la ambición trabaja". Si los nicaragüenses conociesen desde antes la dulzura orgullosa de la libertad, acaso ningún caudillo hubiese logrado descollar en su medio, o imponerse por las armas. Pero el país, que todavía a mediados del siglo pasado no osaba llamarse nación, había sido conquistado en la sangre y el fuego, sus habitantes naturales aniquilados o exilados, sus nuevos pobladores reducidos y sometidos al arbitrio, la desidia y la vanidad de la corona española, la cual veía en ellos tan solo la oportunidad de la rapiña implacable. Muy temprano se acostumbraron sus habitantes al yugo y al látigo del amo, por lo que no resultó difícil seguir dominándolos luego. Gran fama alcanzaron sus primeros gobernantes por sus logros de crueldad y extrema rapacidad. Luego, su desatino parece haber arraigado tan sólidamente en el ánimo de los que les siguieron, que ulteriormente un historiador dio en considerarles los promotores de un "destino manifiesto de desesperanza", dentro del cual la vida de todos y cada uno se convertía en un nefasto episodio de "sangrienta insignificancia". Y antes de él, otro historiador más sutil aún había ya descubierto la designación lapidaria de este pueblo: "El País de los Irredentos".

Otro importante elemento corruptor de vivir acostumbrado a la servidumbre de caudillo es la ausencia de instancias que permitan a unos y otros expresar sus descontentos y dirimirlos por la vía pública. Quienes se encuentren así lastimados por la imposibilidad de manifestarse tenderán a buscar soluciones extrañas y nocivas, no solo para el caudillo, sino para el pueblo en general. Y no existe mejor ejemplo de lo que sucede cuando no se satisface el edicto precedente, que las acciones tomadas por la facción leonesa –calandraca-- en 1855, luego de que fracasaran tan lamentablemente los esfuerzos del caudillo granadino Don Fruto Chamorro por dotar a Nicaragua de un gobierno estable. Esta facción, al mando de Francisco Castellón y Ponciano Corral --a quien se le había irónicamente otorgado el titulo de Defensor de las Garantías Publicas-- al no encontrar en el país la manera de solventar sus diferendos con la facción granadina, no pudo precisar una estrategia más fina que la de invitar al Predestinado de los Ojos Grises, el gringo William Walker, el cual vislumbró de inmediato que ni siquiera tendría que hacer la astuta labor política ordinaria de dividir para reinar pues ya todo estaba roto, por lo que con pocos esfuerzos ágilmente logró la ruina de ambas facciones, y arrebatando la totalidad del poder, hasta de casi de todo el país.

 

 

 

De por qué la barbarie caudillesca fue inevitable

De tal palo, tal astilla. Fundada en el oprobio colonial, Nicaragua, como un tango, salió del sórdido barril de la Capitanía buscando el cielo. Pero la época del tanteo fue oscura, y larga la noche en que lloró su inocencia perdida. La lección central de ese devaneo histórico es que el caudillo resultó un mal menor que el desplome fatal en la seductora anarquía. Es preciso recordar que los estados surgidos repentinamente son como esas otras cosas naturales que han nacido y crecido demasiado rápidamente: "no alcanzan a poseer las raíces necesarias, con todas sus ramificaciones, y a la primer borrasca se derrumban". En otras palabras, no es que el caudillismo inverecundo sea "parte de nuestra cultura política que, mal que bien, hemos sobrevivido", como han aducido algunos comentadores contemporáneos, sino que las circunstancias inmediatamente posteriores a la independencia resultaron idóneas para que ahí y entonces surgieran precisamente estos aventureros sedientos de poder y de gloria. Los estados recién nacidos se proclamaron sistemas constitucionales, pero tales constituciones no eran sino letra muerta para los caudillos y sus opositores, quienes por igual aprovechaban la primera ocasión para bajarlos del poder bruscamente. Los gobiernos no manifestaban la posibilidad ni tenían los recursos políticos o financieros para resistir a estas rebeliones. Por otra parte tampoco lograban oponerse a este proceso los estamentos sociales existentes entonces, quienes más que freno fueron auxilio del caudillado, deseosas ante todo de no quedar en la impotencia total, por lo que, como con justicia dice Basaudre "al estudiar la preeminencia del caudillaje en esta época hay que tomar en consideración tanto su propia capacidad arrolladora como la pasividad de la sociedad". Y, curiosamente, concluye: "El caudillaje es pues la adaptación tropical de la democracia".

Es naturaleza del caudillo aprovechar la ocasión, sin la cual de nada hubieran valido sus méritos. Pero también es cierto que "sin sus méritos, era inútil que la ocasión se presentara". Y sin su llegada y su desbrozada es muy posible que estuviéremos todavía, Cletos contra Crisantos, dándonos de bastones, desorejándonos o desnarigándonos, y versavice. La primer diferencia del caudillo es que concentra la violencia y la crueldad en una persona ungida, en vez de que éstas sean hechos de muchos y provincia de nadie. Luego estas conturbaciones se encauzan, según las luces del jefe, hacia el bien o hacia el mal general. Sea como sea, el caudillo empuña y estruje la nacionalidad, la manosea y la talla a su antojo, pero la mantiene ("no había otra patria que la hecha por él", se dice del caudillo arquetípico ilustrado por García Márquez en su Otoño del Patriarca). Si es innovador, forma estado, forja una clase política y crea primicias institucionales. Y más tarde, en la dialéctica de las luchas sociales, estas primicias pueden florecer en leyes, constituciones, costumbres ciudadanas. Si es estéril y destructor, y no logra crear, inevitablemente cae en la corrupción, que es el final. Sus herederos tratarán de mantenerse en el poder por medio de todo tipo de devastación, agavillamientos y abuso, pero corto resultarán sus reinados, y dura la senda del odio popular que los derribará.

 

 

De por qué el sandinismo fue la continuación del caudillado por otros medios

 

 

"Quiero morir siendo esclavo de los principios, no de los hombres". Emiliano Zapata

 

 

Todo caudillo se postula o se estila populista, sino popular, o viceversa. Chamorro, Zelaya o Tacho Viejo se las arreglaron para segundear o cauterizar la opresión y el atropello caudillescos con relumbres de sustento público. Incautaron la tradicional buena fe del pueblo para auspiciar sus objetivos de lucro y poder personales, pero también supieron regresarle algo a este pueblo bonachón. Se hicieron reformas jurídicas y laborales, se mejoraron caminos, se crearon ferrocarriles, se instauraron primicias económicas de nuevo cuño. Pero los herederos ya no pueden usufructuar estos logros, heredando del caudillo primigenio sobretodo el aspecto negativo y la mala fe.

El sandinismo representó una forma inédita de caudillado en Nicaragua: su modo partidista. En vez del Único y su Propiedad, es la Nomenclatura del Partido Único la que rige el estado y usufructúa las riquezas de la nación. Una vez en la estratosfera del poder, y dirimidos con creciente energía estalinista los diferendos políticos y ese molesto pluralismo en la composición inicial del estado, el sandinismo se obstinó en la creencia de que eran sus méritos los responsables genuinos de esta elevación, y no la cruda oportunidad histórica. Con autócrata terquedad la dirección del partido se propuso imponer a la nación la misma camisa de fuerza ideológica que había revestido, a modo de armadura, a lo largo de su heroica lucha guerrillera contra el caudillado somocista. La insistencia unívoca en el árbol del socialismo le impidió al sandinismo ver el bosque de una nación institucionalmente infante, pero reacia a la rienda. La resultante e inevitable leҫon de chose fue dura para esta nación cuando este extravío histórico degeneró en una descomposición social generalizada. Y si bien es cierto que bajo el sandinismo el caudillado nicaragüense no fue ejercido por uno solo, no por ello fue menos virulento su abuso colectivo del acervo nacional. La represión y la piñata fueron los frutos más amargos de esta innovación caudillesca. El atropello represivo se ejerció desde la cima de la siniestra Junta hasta los bajos fondos de las infernales turbas divinas, pasando por los infames Comités de Defensa Sandinista, órganos para-policiales de control social total. La piñata desenfrenada fue el equivalente al derecho del pirata caribeño en puertos invadidos: rapacería, matancingas, cobradas de cuentas, violaciones y pillaje de todo género fueron la fiesta del vencedor, que ya los romanos habían codificado: vae victis, ¡pobrecitos los vencidos!

En defensa del sandinismo, o para intentar explicar su incapacidad de elevarse por encima del caudillado, puede evocarse su inexperiencia política, la inmadurez civil de la población, las pésimas condiciones económicas. Pero por favor, no me hablen de La Guerra. La Guerra constituyó la gran excusa del sandinismo durante su decenio en el poder. Pero esta guerra fue en realidad un espectro, como lo señalara sin querer el título de una mediocridad fílmica cometida por un lacayo del estado sandinista en aquel entonces. A decir verdad, no puede aducirse la Guerra como excusa para el caos resultante cuando lo inverso es cierto, cuando la Guerra ha sido escogida, o es el resultado ineludible de antiguos compromisos y decisiones previas (). Por esta razón el sandinismo debe ser juzgado en base a las opciones que ya constituían su razón de ser, anteriormente a estas desgracias. Pues fueron estas opciones y no otras, las que causaron su ruina, y casi, podría añadirse, la ruina entera de la nación.

Fuera de las equivocaciones económicas garrafales –por ejemplo, la primitiva ineptitud de imprimir dinero a la zumba marumba en el universo capitalista-- el sandinismo cometió errores simétricamente perjudiciales a la libertad del pueblo y a su propia autoridad. Antiguamente, la república Romana envió Espurio Postumo a Atenas a obtener copia de las leyes que Solón diera a sus conciudadanos. Asimismo, los jefes del sandinismo mandaron emisarios a Cuba a recoger las leyes que el Solón barbudo diera a su pobre pueblo, y así terminaron creando su propio Nonenvirato (los Nueve Comandantes de la Dirección Nacional Conjunto), rápidamente convertido en Triunvirato (1983), y que tanto malestar irradiara sobre la Nicaragua neo-sojuzgada.

De ahí a que el jefe de esta magistratura de nuevo género, Coordinador de la Junta de Gobierno y luego Presidente electo Daniel Ortega, concentrara en si mismo la autoridad máxima, tal Appius en el Decemvirato romano, no hubo mucho trecho ni dificultad insuperable, por la popularidad que éste ya había logrado forjarse en el pueblo. Pues como dice el florentino, "cuando los partidos se rehúsan a crear leyes en favor de la libertad, y uno de estos partidos arroja toda su influencia en favor de un solo hombre, entonces rápidamente emerge la tiranía".

Es preciso aquí decir algo sobre el que hiciera figura de caudillo dentro del propio partido sandinista. Hombre sagaz pero turbulento, Daniel Ortega no es propiamente caudillo, tanto por falta de originalidad y de carisma, como por impolítica impetuosidad. Pero como se encuentra solidamente apertrechado en la cumbre de su partido, ha logrado regirlo con mano recia, y sus seguidores han sido fieles más al hombre que a sus ideas, y más al poder del hombre que al hombre. En tiempos necesitados, a falta de caudillo, bueno es un audaz político. Tal fue la educación de Ortega que luego de haberse visto obligado a pelear por necesidad, ahora pelea por ambición. Preso, torturado y vilipendiado por la tiranía somocista, elevado al poder a raíz del movimiento insurreccional popular del 79, y luego rechazado repetida y cruelmente por la libre decisión popular en las urnas electorales que él mismo había contribuido a liberar, la propia turbulencia de la vida ha forzado Ortega en dirección contraria a lo que recién adujera en un discurso pronunciado en Chile: "…yo me resisto a que me digan que soy político. Los políticos piensan en sus intereses individuales, manipulan todo, son capaces de traicionar al amigo, son capaces de traicionar al hermano, son capaces de traicionar hasta a la madre con tal de dar sus ambiciones políticas… El día que aceptemos que somos políticos estaremos muertos como revolucionarios y no tendremos, entonces, ni la voluntad ni la capacidad para seguir luchando por las ideas que defendemos." Las ideas acendradas que defiende Ortega –ya que como revolucionario es cadáver-- siguen el curso revoltoso de su anhelado ascenso a la presidencia del país. Su inteligencia principal consiste en haber comprendido en el 89, en Costa del Sol, que el caudillado se había vuelto la opción negativa en la historia nicaragüense, y que cualquier intentona violenta de cooptación de las fuerzas políticas solo podía resultar en el fracaso y el oprobio históricos, que son los que más duelen. Desde entonces, triste pero previsiblemente, Ortega se ha convertido en un político, como solíamos decir en el barrio, de lamaniquéin

 

 

 

VII – De cómo el hábito del caudillismo sabotea el anhelo republicano

 

Una sociedad crecida a la sombra del caudillo sufre en su ausencia por falta de un hábito distinto. Enfrenta un esfuerzo gigantesco, no solo de la imaginación, pero además de la simple capacidad para el trajín cotidiano: el ejercicio de las leyes, la elaboración de nuevas relaciones entres los actores políticos, la fuerza del poder y cómo resistir su abuso. Tal fue el destino del primer balbuceo republicano post-sandinista. Desde el triunfo de la revolución nicaragüense en 1979, Doña Violeta Chamorro había figurado prominentemente en tanto líder de la oposición a los designios caudillistas del sandinismo. Alcanzó luego la coalescencia de una fuerza política suficiente para promover su candidatura ante el electorado, hasta que éste mismo finalmente le encomendara la propia Presidencia de la nación en 1990, derrotando limpiamente a los cripto-caudillos del FSLN.

Primera Presidente mujer en la historia de toda Centroamérica, Doña Violeta Chamorro planteó un cambalache institucional no solamente demasiado audaz para los comandantes sandinistas, sino hasta contrario a las decisiones precedentes de su Junta (reforma agraria, estatización de empresas, subvención de servicios públicos) (). En este forcejeo la Violeta llevaba las de perder porque, contrariamente a la jerarquía sandinista, no poseía ya la base política suficiente para sustentar sus decisiones (). Al no poder finiquitar su paquete institucional, debió sufrir las consecuencias de ese desaire al pueblo, doblegándose al pacto.

Saboteada su propuesta social casi-republicana, Violeta Chamorro no pudo enderezar el entuerto máximo del caudillado previo, ni prevenir la metamorfosis de la larva Alemán, que se había insertado en la alcaldía de Managua, en la próxima mariposa-caudillo.

El acto final de este sabotaje sistemático por parte de la directiva sandinista se jugó en 1994, durante la dramática intentona de las sesenta y cinco enmiendas a la Constitución del 87, de las que salió la poderosa fórmula legislativa pro-sandinista que hasta nuestros días sigue siendo la espina de la república incipiente.

Pese a todo lo anterior, tanto por su pundonoroso carácter como por la integridad de sus ideas, no cabe duda de que la nación nicaragüense guardará a la Chamorro dentro de su pecho como un dulce pero incompleto sueño del corazón.

 

VIII. De las dificultades que enfrenta la república incipiente

Aunque "todo, con el tiempo, llega", no es necesario que los pueblos aprendan más temprano que tarde. Muchos siguen y acaso seguirán por mucho tiempo sumidos en la oscurana prehistórica favorecida por el tiranuelo o troglodita de turno. El País de los Irredentos ha tenido la suerte ambigua de una historia reciente iluminada por un arco de experiencia único: del caudillo creador al heredero destructor, y de éste al partido único; del capitalismo corrompido de hacienda al socialismo de estado autoritario e insolvente, seguido por una versión renovada del caudillado estatal corrupto. Las lecciones naturales de estas desbastadas son múltiples, pero pueden resumirse de manera sucinta:

Están todavía por crearse, el partido y la forma de estado adecuados a las aspiraciones republicanas de la nación.

Este vaivén conduce al presente: la república incipiente propuesta y promovida por el primer anti-caudillo declarado, Enrique Bolaños. Las dificultades de esta virgen histórica son incontables, pues no solo vienen aumentadas del corruptísimo pasado reciente, pero además el pueblo duda y sospecha de todo, y especialmente de lo que baja desde la cumbre del estado, causa de todos los estragos y vejaciones que ha sufrido en los últimos doscientos años. Este escepticismo irredento todo lo dificulta, pues nadie quiere creer que la virtud pueda alojarse en lo alto, mientras en la cima estatal, si como por milagro se hallare presente, la virtud se atolla fácilmente en las luchas intestinas contra los corruptos que a toda costa deben impedir su ascenso, que para ellos es el comienzo de su fin.

Desde tiempos antiguos es sabido cuan difícil es para un pueblo acostumbrado a vivir en la servidumbre, preservar su libertad, una vez obtenida. Esta es la situación que enfrenta la república incipiente y sus defensores en Nicaragua. Lo vital es conocer el grado alcanzado por la corrupción caudillesca en el cuerpo social. Cuando ésta ha ya penetrado hasta la médula e impregnado el corazón popular, la tarea de reorganizar la sociedad y reacostumbrar el pueblo al ejercicio de la libertad resulta colosal, sino imposible. Pero afirmo con orgullo que la corrupción no ha invadido el alma de todos los nicaragüenses y que, pese al irredentismo fatalista aún presente, las esperanzas republicanas son validadas a diario, y a diario crecidas por la respuesta ciudadana observable: las cartas publicadas en los diarios, las acciones cívicas, concentraciones, manifestaciones, protestas y acusaciones en contra de los que siguen pretendiendo usufructuar el poder en beneficio propio, y por encima de todo, el regocijo durable causado por la acción ejecutiva y legislativa contra el mero factotum de la corrupción, que en su misma desmesura física parece abarcarla toda. La sujeción judicial sostenida de Arnoldo Alemán es el mejor estandarte de la pureza que aún reside en el ánimo del pueblo nicaragüense, que es toda la esperanza de la incipiente república.

Por otra parte, en la república liberada, los honores y las gracias del estado son otorgados sobre la base del mérito y del valor, y aquellos que gozaban de privilegios extraordinarios bajo el caudillo, se consideran naturalmente ofendidos por que ya no reciben tales prebendas, y por esa razón son los que están más prestos a retornar al antiguo estado de cosas, y conspirarán contra el nuevo estado en toda ocasión, considerando que la libertad del pueblo se ha convertido para ellos en su agravio.

Quiero ahora contrariar a los economistas de todo pelo y alcurnia, opinando sin ambigüedad que el principal subdesarrollo de nuestra nación no es de índole económica. El principal subdesarrollo es de orden histórico, esencialmente cultural, o sea político en el sentido estricto. Son las condiciones de la conciencia histórica, tal cual se plasma en la vida social concreta, las que inducen nuestro retraso. Mientras no salgamos del subdesarrollo de la formación de estado y de las disposiciones mentales codificadas en torno a un caudillo, tampoco nacerá la republica, y no podrá darse en el país una real ciudadanía, es decir una nación seriamente investida y ocupada en su propia polis. Porque la república no es una ideología, sino una idea: la idea (aparentemente tan subversiva) de que es posible, concretamente, el vivir en la paz civil (el vivere civile de los renacentistas italianos), el dirimir los asuntos públicos de manera transparente y sensata (con todas las disensiones permitidas, y muy estimulados los apasionados debates de opiniones) y además pública (con la participación abierta de todos los que lo deseen).

En tal sentido el alemanismo es la última rezagada, el último subdesarrollo de la conciencia histórica nicaragüense, pues condensa en su raíz la fuente del gran malestar político que aun persiste en la sociedad civil. El alemanismo es la última versión del caudillismo que ha asediado, hostigado e impedido el desarrollo genuino de nuestra polis. En ese contexto es lamentable y odioso el espectáculo ofrecido por senadores, vicepresidentes, eclesiásticos y otros miembros supuestamente serios del estado y de la sociedad civil, cuando no solo apoyan el cadáver de la kleptocracia alemanista, sino además persisten en presentarla como una alternativa real a la salida de las crisis presentes. Es también altamente significativo, pues implica que una parte importante de la clase política nicaragüense aún participa de ese subdesarrollo de la conciencia histórica, aún se encuentra más acá de la idea republicana, atrapada en la prehistoria política nicaragüense. Seria un error trágico no darle toda la importancia que merece a este resabio del antiguo caudillismo: en tanto reúne a todos los trogloditas políticos, el alemanismo es por el momento el obstáculo más grave para la incipiente república y tendrá que ser resuelto de una vez por todas, porque es parte del problema, pero no de su solución, porque representa el vestigio de todo lo que Nicaragua deberá dejar atrás si quiere ser república, y porque su desaparición marcará el primer paso moderno dado por los nicaragüenses para salir de la barbarie política.

 

IX. De por qué la república es necesaria

Nicaragua existe al borde del abismo, como si ésta fuera su condición natural, ineludible. Pero la experiencia reciente declama una opuesta poesía: no, esta condición no es necesaria, y de nosotros solos depende negarla e iniciar una era nueva, de organización conciente y decente de la cosa pública. Como lo apuntamos anteriormente, el caudillado fue un capítulo trágico pero inevitable en nuestra historia. Pero es igualmente innegable que en este fogueo la nación ha crecido y madurado, y a la par también ha crecido la necesidad de acordarse la forma de gobierno que conviene a tal madurez. No podemos olvidar el reguero de sangre y espanto que ha marcado la pauta de esta maduración. Mas la hora ha llegado de izarnos a nuestra modernidad posible, la libertad republicana dentro de la democracia. La república es necesaria para que comience al fin esta nueva era, y para que los hijos e hijas de esta nación se reconozcan en su propia obra, para orgullo y bienestar de las generaciones venideras. Sabedores de que el poder es inevitable para el establecimiento de la seguridad, los fundadores de la república reconocen además de que – con todas sus imperfecciones-- ella es la única manera de garantizar que el estado se otorgue a sí mismo un código de conducta íntegra que permita a cada gobierno de turno administrar a la nación sin el inoportuno aval o falsa fianza de un jefe o caudillo venido a más. La república es especialmente necesaria para detener el avance de la corrupción, a sabiendas de que cuando ésta ha penetrado el pueblo entero, no es ya más posible que renazca de sus cenizas la libertad. La república es necesaria para sacar a Nicaragua de su infancia política –no, que digo: ¡del trogloditismo político que ha sido su constante y lamentable condición hasta nuestros días! Las luces de la democracia republicana brillan con suficiente resplandor de por el mundo para que nos demos el lujo malogrado de continuar ciegos a sus beneficios. Los tímidos atisbos de este fulgor, sobretodo durante los Treinta Años, fueron la dulce esperanza que amamantó a los republicanos incipientes durante decenios a la espera de una realización que solo hoy parece estar a nuestro alcance, si tan solo nos lanzamos a la palestra con íntegra pasión republicana, y rehusamos detenernos antes de haber cabalmente logrado, no solo una pequeña parte – que aún corre el riesgo de ser fácilmente extirpada por algún carismático caudillo-- sino la totalidad de esa organización decente de la vida social. Pues el bienestar de una república no consiste en depender de alguien que la gobierne con prudencia mientras viva, sino de que se la haya organizado en forma tal que, después de su muerte, logre mantenerse por sí misma.

 

X. Exhortación a retomar Nicaragua y a liberarla de la barbarie

"Nada hay más difícil de emprender, más dudoso de hacer triunfar, ni más peligroso de manejar, que el instaurar nuevas leyes; pues el innovador enemista a todos aquellos que el antiguo orden favorecía, mientras resultan ser tibios defensores los que se beneficiarán con el nuevo." Nicolás Maquiavelo, El Príncipe.

En base a todas las anteriores consideraciones me pregunto si las circunstancias presentes de Nicaragua son favorables al establecimiento de una república genuina: indivisa, libre y suficientemente orgullosa de su libertad para defenderla incluso contra sus propios caudillos. Me convenzo de que la servidumbre reciente bajo los caudillados sandinista () y alemanista, durante las cuales los nicaragüenses sufrieron toda clase de vejaciones, privaciones materiales, discriminaciones sociales, persecuciones políticas, hostilidades ideológicas, censuras a su derecho a expresarse libremente, confiscaciones, desmanes, encarcelamientos y torturas, bastaron para fundar ese sentimiento de injuria y perjuicio profundos que acaso logre animar a la población, no solo a tomar las riendas del burro ciego, sino a retirarlo de la circulación de una vez por todas, poniendo en su lugar a un representante digno de nuestra Primera República. Y así llegamos a la interrogante esencial del momento presente y de este escrito: ¿es el gobierno y el estado presidido por Enrique Bolaños Geyer un representante a la altura de esta dignidad? Es EBG el Licurgo o el Solón nicaragüense ()? Acaso sea demasiado temprano para afirmarlo rotundamente. O acaso, y no por culpa propia, resulte ser tan solo el Dion o el Timoleón de Siracusa, los cuales, mientras vivieron, supieron salvaguardar la libertad de la república, pero a su muerte, ésta volvió a caer en la antigua tiranía.

Pero una cosa es cierta y puede proclamarse a los cuatro vientos cardinales: Bolaños evoca y contiene la promesa republicana genuina no solamente porque ha iniciado el proceso de encausar la corrupción caudillesca sino principalmente porque no es, no propone, ni aparenta querer convertirse en un caudillo. Hecho que alumbra la esperanza de que acaso aquí finiquite de una vez por todas su destino el caudillado. Fuera de que el avispado e irredentista ciudadano nicaragüense, en las condiciones corrientes de plena libertad de expresión, ya hubiese encontrado la filiación caudillesca si ésta existiese, dos señalamientos esenciales apuntalan nuestra observación: por razones tanto históricas como personales, Enrique Bolaños no posee esa ambición de enriquecimiento personal, que tanto ha incitado a nuestros antiguos caudillos; tampoco se le conoce ambición política superior al deseo de merecer, por su propia iniciativa e acción, la gloria cívica de haber luchado con obstinación y perspicacia por instaurar la Primer República nicaragüense, promoviendo, no a sí mismo, sino el bien común. Consecuentemente, los únicos defectos que la historia le imputará serán los de su propia cosecha y que sean revelados como obstáculos a esta búsqueda. Y sus dos enemigos históricos son el caudillismo que se prolonga en el alemanismo ya señalado por una parte, y por la otra, el irredentismo fatalista enraizado en el espíritu de tantos nicaragüenses. Y pronto se verá que estos dos males van de la mano, y que deberán perecer juntos, pues no habrá quién no reconozca que la resolución del irredentismo solo puede comenzar a partir de la disolución del alemanismo. Se sabe que al momento de recobrar su libertad, un pueblo es simultáneamente más exigente con sus libertadores y más severo con los que le trababan tal libertad. Y justo es también recordar la palabra de Hegel, según la cual "un miembro canceroso no puede curarse con agua de rosas". Por eso, en primer lugar, la república incipiente contra el alemanismo no puede vacilar. Pues mientras con más firmeza justiciera alce la mano ejecutiva, más pronto darán fruto las semillas legislativas contra la totalidad presente y futura de la corrupción institucionalizada, y más grande será el respeto de la ciudadanía hacia sus gestores y progenitores, "pues nada honra tanto a un hombre que se acaba de elevar al poder como las nuevas leyes y las nuevas instituciones ideadas por él, que si están bien cimentadas y llevan algo grande en sí mismas, lo hacen digno de respeto y admiración". Y luego, fuera de que este respeto en sí mismo conlleva ya la refutación interna de la desidia cívica que invadió la mentalidad nicaragüense a partir del derrumbe moral del sandinismo, también para contrarrestar ese irredentismo, debe observarse que en nuestro territorio, como del suyo dijera en su tiempo el augusto Florentino que nos ha servido de Virgilio a todo lo largo de este escrito, "hay disposición favorable; y donde hay disposición favorable no puede haber grandes dificultades".

Por todas estas razones, y por otras que son demasiado obvias y necesarias, al celo ciudadano de la república incipiente nos encomendamos, y bajo las órdenes de la cosa pública –que ahora es posible, que ahora clama por nuestro cuidado y nuestro empeño-- nos enlistamos, dispuestos a desbrozar el camino que haga falta, y a iluminar con los faroles ardientes de nuestro ánimo libertario lo que aun quede por recorrer de la noche de los caudillados. Y no dudamos que nos seguirán muchos, y hasta todos eventualmente. Porque a Nicaragua no le faltan hijos dispuestos a demostrar su virtud y el ardor que hacía su patria les anima, empujándoles a mejorar su condición y a realzar su gloria en el firmamento de las naciones del mundo civilizado. Y sólo así podrá cumplirse el dicho del poeta, según el cual

Contra el furor la virtud

Tomará las armas, y corto será el combate,

Pues el antiguo valor

Aún no se extingue en el corazón de los nicaragüenses.

 

* * *

 

 

Addendum: Traidores nicaragüenses

Faltos de honor patrio e incapaces de elevarse por sí mismos a los altos cargos políticos nicaragüenses a los que aspiraban, los traidores históricos nicaragüenses se acogieron a la influencia y al poder de los EEUU o de sus mercenarios, para apropiárselos subrepticia e ilegalmente. Estimamos justo y necesario que sus nombres queden grabados en nuestra muy particular historia nacional de la infamia en Nicaragua, que todo niño en edad escolar deberá aprender a conocer y a despreciar. No pretende el autor que la lista sea completa, o perfecta la adjudicación de la culpa. Pero una cosa es cierta, o por lo menos innegable: capítulos enteros de la historia patria han sido determinados por los vínculos personales de ciertos individuos --chacales de la ambición—con los podertenientes, si me permiten un neologismo, o con sus representantes y otros personeros bajo su servidumbre.

El infame trio vendepatria: Estrada, Díaz y Chamorro

Juan José Estrada

El primer nicaragüense en aprovechar la ayuda bélica norteamericana para insinuarse en el poder, Estrada prometió a los EEU la revocación de las concesiones otorgadas por Zelaya. El Secretario Knox y su Enviado Especial Thomas Dawson rápidamente negociaron un Tratado con Nicaragua. El objetivo central de tal tratado sería por supuesto la protección de los banqueros dispuestos a facilitar préstamos al nuevo gobierno pro-yanqui. Estrada aceptó el control norteamericano del ingreso de Aduanas, el cual se utilizaría para pagar estos préstamos. Sin embargo el Senado gringo, sorpresivamente, rechazó el Tratado Dawson-Estrada. Pero para éste Judas era demasiado tarde: los banqueros había ya prestado unos quince millones de dólares a su gobierno oportunista, por lo que éste les salvaguardó los términos del tratado. Esto fue su pérdida, pues el préstamo en realidad contenía la idea de la venta de la soberanía del país y como tal significaba la primer ofensa a la dignidad nacional.


Adolfo Díaz

Con la traición del vende patria Estrada comienza en Nicaragua la gran trabazón político-social que culmina en la dinastía Somoza y el desmadre sandinista. Echarle la culpa de esta trabazón a los EEUU es como acusar al lobo de aprovechar el descuido del pastor para comerse a las ovejas. Fueron los propios nicaragüense quienes vendieron su país, e importa capitalmente a las generaciones venideras reconocer la verdad dolorosa de esta secuela de traiciones iniciada por Estrada y tan finamente continuadas por Díaz.

Díaz era contador en la casa Fletcher en Costa Rica, donde había nacido de padres nicas, y de ahí conocía a Philander Knox (el mismísimo de la perversa "Nota Knox"), quien era abogado apoderado de la misma empresa. Hacia 1909 la Concesión Nicaragua-USA era la compañía más grande en Nicaragua. Ese mismo año, el abogado principal, Philander C. Knox resignó a su posición en la Concesión para ocupar el cargo de Secretario de Estado del entonces presidente norteamericano Howard Taft. De esta situación proviene la relación personal entre Knox y Díaz, que tan instrumental resultaría en la historia y la política nicaragüense. El objetivo yanqui de poner en la Presidencia a Díaz vino a consumarse en 1911. Su período debía terminar en 1916. Dos veces investido Presidente de Nicaragua por la potencia norteamericana, con un intervalo entre ambas de 15 años, mantuvo la tesis de la sumisión incondicional al Gobierno de los Estados Unidos. "Creo que si nosotros tuviéramos una vida ordenada y tranquila, los Estados Unidos, para su vigilancia eficaz, no necesitarían intervenir en los asuntos de nuestras interioridades. Pero alterado el orden público, sueltos los elementos de destrucción, descorridos los cerrojos por nuestra imprudencia, los Estados Unidos, en una o en otra forma, tendrán que intervenir directamente para poder ejercer esa misma vigilancia protectora". Bajo sus dos mandatos el país estuvo intervenido militarmente por los marinos estadounidenses. Su justificación? : "me siento apoyado por los espíritus rectos de mi país, porque sé que me inspira un amor sincero a mi patria, a la cual estoy vinculado en honestas operaciones de amistad con la gran República, de la cual ha dicho Guillermo Ferrero "Que ocupando una posición por nadie igualada en la historia, pude ser árbitro de la paz y aún imponerla en todas partes". Díaz residió en los EEUU de 1936 a 1947, temeroso –y con razón-- por su vida y sus propiedades en Nicaragua. Murió en Costa Rica en 1964.

Emiliano Chamorro

Presidente Vitalicio del partido Conservador, auto designado con suprema arrogancia "El último Caudillo", Chamorro es recordado por la historia como el firmante de la versión final del tratado imaginado por Knox y Dawson en los tiempos de Juan José Estrada, conocido bajo el nombre de tratado Chamorro-Bryan, mediante el cual se le otorgaba a los EEUU el derecho perpetuo a la construcción de un canal interoceánico a cambio de tres millones de dólares. Esto no impidió que la potencia del Norte no le reconociera la toma violenta del Estado gobernado por Carlos Solórzano. Más tarde, ya desdentado, aunó esfuerzos con Somoza para ayudar a escribir la nueva constitución dándole garantías de posiciones políticas a sus compinches Conservadores.

Estos tres tristes traidores son responsables de entregar por primera vez a banqueros estadounidenses el control de la economía nacional. Son enajenados en este momento de infamia tanto el Ferrocarril, logrado a tantos esfuerzos por la República Conservadora, y los ingresos por Recaudación de Impuestos de las Aduanas, la fuente más importante del Estado. Además, copándolo todo, se funda un Banco Nacional, administrado también por norteamericanos. Así se originó el BANADES recientemente liquidado. Son también responsables del arribo de los Marines, que desembarcan en Nicaragua en 1912, y no salen del país definitivamente sino hasta en 1933.

José María Moncada

Líder liberal, sucesor de Díaz a la Presidencia en 1929, es responsable de la firma del bochornoso Pacto del Espino Negro, aceptando el desarme ante el ejército de los Estados Unidos, el mantenimiento del traidor Díaz en la Presidencia y la supervisión por la potencia norteña de las elecciones. En sus escritos posteriores Moncada defiende sin vergüenza su respeto a los designios Estadounidenses y su papel de servidor incondicional del Norte. Se ha dicho de él que "El Pacto del Espino Negro no fue su único servicio al imperio, aunque si la base de la que se valió para seguir avanzando en esa dirección de forma indetenible, con cada vez mayor profundidad. Es evidente que, de una u otra forma, se ligó luego, con más peso que nadie en el plano local, a hechos trascendentales para el afianzamiento del dominio imperialista sobre Nicaragua: al asesinato de Sandino en 1934; al nombramiento de Somoza García en distintos cargos que lo catapultaron gradualmente al escenario del poder político y militar del país; al Derrocamiento de Juan Bautista Sacasa y a la candidatura de ese Somoza a la presidencia, en 1936; y a la salvación de su régimen dictatorial de un derrocamiento inminente, en 1944.

Por lo demás, el papel de Moncada como servidor incondicional del Norte, en 1936, trascendió lo meramente local, colocándose en el plano de su defensor continental al proponer en Buenos Aires, Argentina, una paz armada en el Hemisferio Occidental, favorable a Estados Unidos, contraponiéndose con ello a la posición que Chile adoptara allí mismo a favor del desarme". (Cita fuente)

Carlos Solórzano

Este fue el Presidente electo (1924) que vergonzosamente solicitara al ejército de los EEUU quedarse un poco más de tiempo en el país mientras intentaba consolidar su jefatura, fuera de contratar al Mayor retirado Calvin Carter para ayudarle a estructurar una fuerza militar nicaragüense, la Guardia Nacional. Su presidencia no duraría siquiera un año, embestida por el caudillo conservador Emiliano Chamorro.

 

Diego Manuel Chamorro

Tío de Emiliano Chamorro, Diego Manuel alcanzó el escaño presidencial en base a una elección perfectamente fraudulenta. Este Chamorro no hizo sino seguir los lineamientos anti-nicaragüenses planteados por los traidores precedentes.

 

Juan Bautista Sacasa

Nominado candidato presidencial liberal, envía un emisario a Washington a pedir que "no sean retirados los marinos norteamericanos".

Los Somoza

De historia y estirpe sangrienta harto conocida, los Somoza instalaron la kleptocracia más desarrollada en Latinoamérica.

Benjamín Lacayo Sacasa

Instalado por ASG como presidente títere después del fiasco del honorable Dr. Leonardo Arguello. Particularmente despreciable en la medida en que jamás osó tomar decisión alguna que pudiera resentir al general Somoza.

Daniel Ortega

Entregó el país a la banda de saqueadores y piñateros del FSLN, él mismo aprovechándose hasta donde pudo, silenciosamente, de las arcas del estado. Ortega y sus compinches en el FSLN demostraron a cabalidad la miseria de las seudo intenciones populistas basadas en las polvorientas ideologías y camisas de fuerzas estalinistas y castristas.

 

Arnoldo Aleman

Merecedor infame del título de Primer Presidente enjuiciado y encarcelado por fraude generalizado a las arcas nacionales, Alemán fue el mejor ejemplo de la Kleptocracia post-Somocista.

 

Hecho en algún lugar del mundo